
Fotógrafo: Rafa Carri
Potosí con sus calles estrechas y el olor a nostalgia. El aire es de otro siglo, las calles son de otro siglo. Cada cuadra que camino me lleva a otro tiempo y parece que la gente acá tiene la herencia de sus ancestros. Se vive esa época de esplendor en sus corazones, como una añoranza, como lo que fue y no va a volver a ser. La necesidad de crecer y desarrollarse y cargar a cuestas la maldición de la colonia y de la minería que se lleva las vidas hace siglos, de niños, adultos, ancianos, jóvenes; hombres y mujeres.
Desde este Café, en la esquina de la Plaza 10 de Noviembre, la única en bajada, revivo muchos recuerdos de otro momento, otras páginas de mi historia y en otro tiempo, que ha guardado fotos en full color, y algunas en sepia. Dos años que han pasado como si nada, y hoy, regreso acá, a tomar chocolate caliente y a añorar un poco el primer viaje, cuando me sentí ser parte de este suelo.
Pago la cuenta y salgo con ganas de encontrar otro sitio para vivenciar la ciudad, para sentir otras nostalgias que seguro se despertarán en cuanto me siente en otra silla.
Llego a la puerta de la Iglesia La Merced y subo hasta el techo de un Café Mirador. Distingo las construcciones de la ciudad, las tejas antiguas, las otras iglesias y desde este campanario, puedo ver el Cerro Rico, desde un ángulo que me permite distinguir su majestuosidad.
Me acompañan dos campanas. Una es enorme, bella, imponente. Regordeta y tallada se sujeta de un par de vigas antiguas con cueros de vaca, seguramente igual de antiguos. Se me parece a una madre. Y al lado, la otra campana, delgada, más fina, más joven en apariencia. Siento un enorme deseo de tocarlas, con el impulso de revivir algo. No sé bien qué. Y es así en Potosí. Me invaden deseos, ideas e imágenes que no sé de dónde vienen y si han existido antes o las he creado en mi cabeza, presa de tanta magia y de tanto aire antiguo que invita a inventar historias y a desear en lo más profundo del alma, haber vivido en Potosí hace 500 años.
Potosí, agosto, 2006